demasiado humanos

viernes, mayo 16, 2008

El carro y los caballos

El artículo que sigue a continuación lo escribí hace mucho, pero es un intento de respuesta a la pregunta que ustedes formularon acerca de la relación entre aprender y aprobar. Sin embargo es posible, a la luz de lo que ustedes vienen estudiando en nuestra materia, analizar la misma relación apelando a la regla que propone la teoría de sistemas: "observa al observador". Entonces, inmediatamente, el contenido del artículo puede ser otro. ¿Con qué esquemas de distinción es posible observar esa relación? ¿Con el esquema de distinción que propone la ética (bueno/malo)? ¿Con el esquema de distinción que deriva del código del sistema económico (costo/beneficio)? ¿con el esquema de distinción que propone el punto de vista de la legitimidad (legítimo/ilegítimo)?. De pronto el universo de respuestas posibles se abre, la contingencia entra en escena, y la teoría indica que la mejor respuesta (mejor respuesta, ¿para quién?) depende de qué es lo que busca el propio interesado, es decir, el observador de primer orden. En resumen, observen al observador. Un ejercicio interesante que pueden hacer ustedes, aquí mismo, es descubrir qué esquema de distinción utilicé yo, al momento de escribir el artículo que sigue.

Hay una figura retórica de uso muy frecuente que suele utilizarse cada vez que se quiere representar la inversión de dos términos, conceptos, propiedades o acciones que, se supone, deben ir ordenadas secuencialmente de una forma pero que, por distintas razones o motivos, se las ubica al revés. Para esos casos se dice entonces que se pone el carro delante de los caballos (en una obvia alusión a la inversión lógica de las partes, ya que se sobreentiende que los caballos deben ir adelante, porque son quienes deben hacer fuerza para que el carro se mueva).
Dirán los lectores, la metáfora es por demás elocuente como para que usted, encima de usarla, se ponga a explicarla. Pero de un tiempo a esta parte, he notado que las cosas supuestamente sabidas han dejado de serlo y, entonces, cada vez con más frecuencia, hay que ponerse a explicar cosas que uno infiere que deberían ser de dominio general (por lo menos, dentro del ámbito escolar). A mis colegas sin dudas les pasa cuando les preguntan a los alumnos cosas que intuyen que ya han sido aprendidas, pero se sorprenden cuando reciben como respuesta algún disparate.
¿Dónde está el problema? Uno de los lugares en el que hay que buscarlo (y vuelvo a la metáfora) es en la inversión del orden lógico que debieran tener el par de términos aprender-aprobar. Yo no creo que los alumnos no estudien (me ubico en una posición optimista frente al panorama que ofrece el mundo). Lo que creo es que los alumnos no siempre estudian para aprender; su finalidad inmediata (muchas veces no alcanzo a avisorar cuáles pueden ser las mediatas) es aprobar y a muchos les parece que si aprobaron, entonces aprendieron. Desde luego, todos nos damos cuenta que la relación inversa parece más aceptable: si aprenden, es posible que aprueben (es decir, si ponen los caballos delante del carro).
Como derivado de esta alteración lógica, aparece otro elemento que tiende no ya a confundir el orden lógico de las acciones, sino más bien a acentuar la separación o el divorcio de dos circunstancias que, desde la óptica de la institución escolar, deberían ir juntas. Me refiero a la relación que existe entre lo que se estudia y la realidad. Muchos chicos (también algunos padres e, incluso, no pocos docentes) creen que una cosa y la otra no tienen nada que ver. Sin embargo, la relación entre los contenidos de las materias y la realidad a la que ellos hacen referencia es mucho más estrecha de lo que, a veces, se imagina. De todos modos, este último problema es bastante complejo como para tratarlo en el espacio de un artículo editorial. Prefiero volver, para terminar, al motivo que da el título a esta nota.
Sería altamente provechoso para todos (y en primer término, para los estudiantes) reflexionar acerca de las bondades y los beneficios de aprender. Son en verdad muchos, y uno de ellos (tal vez el menos significativo, pero el más valorado y apreciado por los estudiantes y algunos padres ansiosos) es el de aprobar. Sé que no es fácil convencer a la mayoría de algo que se ofrece a la mirada atenta de cualquiera. Pero me consuelo pensando que finalmente un día, no sin lucha y mucho esfuerzo, aceptamos que no era el sol el que giraba alrededor de la tierra.